El potro salvaje y otros cuentos
El potro salvaje y otros cuentos A las dos volvÃan a los puentes, pues debÃan a cada momento reemplazar a un peón que no comprendÃa bien —hundidos hasta las rodillas en el fondo podrido y fofo del riacho, que burbujeaba a la menor remoción, exhalando un olor nauseabundo. Como en estos casos no podÃan separar las manos del tronco, que sostenÃan en alto a fuerza de riñones, los tábanos los aguijoneaban a mansalva.
Pero, no obstante esto, el momento verdaderamente duro era el de la cena. A esa hora él estero comenzaba a zumbar, y enviaba sobre ellos nubes de mosquitos, tan densas, que tenÃan que comer el plato de locro caminando de un lado para otro. Aun 1 asà no lograban paz; o devoraban mosquitos o eran devorados por ellos. Dos minutos de esta tensión acababa con los nervios más templados.