El Salvaje

El Salvaje

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De pronto se echó a reír a grandes carcajadas, la cabeza hacia atrás y llevándose la mano derecha a la garganta. Al fin se contuvo, deglutiendo con dificultad.

—¡Tengo sueño, papá! —exclamó de pronto corriéndose entre las sábanas hasta la frente.

El señor Muller, henchido de pena y compasión, continuaba mirándola. Al fin murmuró:

—¿No estás enferma, hija mía?

—No, tengo sueño —respondió ella secamente sin volver la cabeza. Y cuando su padre, sin decir nada, se incorporaba, Estefanía le echó de un salto los brazos desnudos al cuello y lloró desesperadamente.

El señor Muller se retiró a su cuarto. Tardó mucho en desvestirse, doblando pensativo su ropa. La alisó luego cuidadosamente, pasándole la mano sin cesar, con una obstinación distraída que parecía no iba a acabar nunca.

Indudablemente, el señor Muller no recordaba más ese revólver. Estaba en el fondo del ropero, hacía veinticinco años.


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