El Salvaje

El Salvaje

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Al despertarse con la detonación, tuvo, aún sin darse cuenta completa de la catástrofe, un segundo de fulgurante angustia en que le asaltaron en tropel todos los dolores de su vida. Y de pronto la verdad desesperada de lo que había pasado le llegó con un hondo gemido. Corrió al cuarto de su hija y la vio muerta. Dejose caer sentado en la cama, cogió una mano de su Estefanía entre las suyas trémulas, y quedose mirando a su hija lleno de dulce reproche senil, cuyas lágrimas caían una a una sobre el brazo desnudo.

El modo de ser y la vida entera del señor Muller no daban lugar a duda alguna; pero la formalidad judicial debió cumplirse y, tras el breve interrogatorio, hubo necesidad de hacerle comprender que quedaba preventivamente detenido. Se vistió apresurado y temblando. A pesar de todo, al bajar la escalera detuvo al comisario que lo llevaba.

—Es mi hija —le explicó con una tímida sonrisa.

El funcionario dio las explicaciones del caso. El señor Muller lo miró un rato y sus ojos se llenaron de nuevo de lágrimas.



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