El Salvaje
El Salvaje Pasó la noche en la sección, sentado, no obstante su quebrantamiento. A la mañana siguiente lo llevaron al Departamento. Cuando la verja se cerró tras él, permaneció en el mismo lugar, entristecido. En el patio recién lavado, los detenidos paseaban en todos sentidos, llenando el aire con el golpe claro de sus zuecos.
Desde el primer momento su tímida decencia había sido hostil a sus nuevos compañeros. Al poco rato una cáscara de naranja atravesó el aire y le pegó en la frente. Antes de que tuviera tiempo de levantar los ojos, recibió en el hombro una recia sacudida que lo lanzó de espaldas. La pareja que lo había empujado al pasar volvió la cabeza, riéndose. El señor Muller se levantó, marchó titubeando hacia un banco y se dejó caer, con las dos manos en las rodillas.
Pero los ojos irónicos lo habían seguido, y poco a poco, de uno a uno, de dos a dos, sus compañeros fueron acercándose e hicieron rueda a su alrededor. Desde entonces no cesaron las burlas. Un muchacho en camiseta se acercó a él en puntas de pie por detrás, mordiéndose los labios para contener la risa, le echó los brazos al cuello y lo besó. El señor Muller levantó la cabeza y dirigió al guardián una mirada de honda súplica. El guardián continuó indiferente su paseo, contentándose con volver de vez en cuando los ojos a la divertida escena.