El Salvaje
El Salvaje Durante ocho horas los detenidos no abandonaron a su víctima. Al fin, media hora antes de su primera declaración, el señor Muller recibió un puñetazo en la boca que le hizo caer las lágrimas. Cuando volvió del juzgado, respiraba con dificultad.
A las seis se acostaron todos. Tres o cuatro detenidos detuviéronse un momento a los pies de su tarima, con una sonrisa equívoca. El señor Muller se acurrucó, estremecido ya de dolor.
—No me peguen —sonrió angustiado.
Los amigos, dispuestos a una nueva broma, lo miraron despreciativamente y se fueron. Pronto durmieron todos. Entonces el señor Muller sintiose por primera vez solo. En su dolorosa agonía tuvo el valor de olvidarse de todo, y recogiendo sin hacer ruido las rodillas hasta el pecho, lloró larga y silenciosamente a su hija.
A la mañana siguiente, por un resto de piedad de la suerte, amanecía muerto.