El Salvaje

El Salvaje

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Ahora bien, la primera condición para una espléndida cosecha de miel es tener abejas italianas, y las de Kean eran negras, modestas negras originarias —por aclimatación durante siglos— de la selva de Misiones, donde Kean las había cazado.

Como no podía pensar en una súbita renovación de sus colmenas —Kean no era rico—, pidió a Buenos Aires una reina italiana… y aun con riesgo de dejar huérfana a su colmena más opulenta, mató a la reina indígena, introduciendo en su lugar a la rubia princesa de Italia encerrada en su cajita, cuyo cartón azucarado las abejas comenzaron enseguida a roer.

Nada más difícil que hacer aceptar a una colmena una reina extranjera, por poco que desconfíen de la estirpe. De aquí la maniobra que antecede, a objeto de que las huérfanas puedan acostumbrarse al zep-zep de la real intrusa.

Las abejas de Kean aceptaron con inmenso júbilo a la reina extraña, y poco después aquél tuvo el placer de ver brillar al sol el alborozado vuelo de sus princesas italianas.

¿Italianas? Aquellas bandas del abdomen no eran doradas… Y Kean cayó entonces en la cuenta de que, habiéndose olvidado de pedir una reina «fecundada», un vulgar zángano negro era el padre de sus nuevas abejas, de donde éstas resultaban sencillamente híbridas.


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