El vampiro
El vampiro –¿No cree usted, entonces, en ella? Y con las cruzadas manos siempre calmas, mi visitante me miró.
Esa mirada –que llegaba recién– era lo que me habÃa preiluminado sobre los verdaderos motivos que tenÃa mi hombre para conocer “mi impresión personalâ€.
Pero no contesté.
–Ni para mà ni para usted es un misterio –continuó él– que los rayos N1 solos no alcanzarán nunca a impresionar otra cosa que ladrillos o retratos asoleados.
Otro aspecto del problema es el que me trae a distraerlo de sus preciosos momentos.
–¿A hacerme una pregunta, concediéndome una respuesta? –lo interrumpà sonriendo–.
¡Perfectamente! Y usted mismo, señor Rosales, ¿cree en ella? –Usted sabe que sà –respondió.
Si entre la mirada de un desconocido que echa sus cartas sobre la mesa y la de otro que oculta las suyas ha existido alguna vez la certeza de poseer ambos el mismo juego, en esa circunstancia nos hallábamos mi interlocutor y yo.
Sólo existe un excitante de las fuerzas extrañas, capaz de lanzar en explosión un alma: este excitante es la imaginación.
Para nada interesaban los rayos N1 a mi visitante.