El vampiro
El vampiro Corría a casa, en cambio, tras el desvarío imaginativo que acusaba mi artículo.
–¿Cree usted, entonces –le observé–, en las impresiones infrafotográficas? ¿Supone que yo soy sujeto? –Estoy seguro –me respondió.
–¿Lo ha intentado usted consigo mismo? –No aún; pero lo intentaré.
Por estar seguro de que usted no podría haber sentido esa sugestión obscura, sin poseer su conquista en potencia, es por lo que he venido a verlo.
–Pero las sugestiones y las ocurrencias abundan –torné a observar–.
Los manicomios están llenos de ellas.
–No.
Lo están de las ocurrencias “anormales”, pero no vistas “normalmente”, como las suyas.
Sólo es imposible lo que no se puede concebir, ha sido dicho.
Hay un inconfundible modo de decir una verdad por el cual se reconoce que es verdad.
Usted posee ese don.
–Yo tengo la imaginación un poco enferma.
–argüí, batiéndome en retirada.
–También la tengo enferma yo –sonrió él–.
Pero es tiempo –agregó levantándose– de no distraerle a usted más.