El vampiro

El vampiro

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Y la salvé.

Si se decide usted un día a corporizar la vida equívoca de la pantalla, tenga cuidado, señor Grant.

Más allá y detrás de este instante mismo, está la Muerte.

Suelte su imaginación, azúcela hasta el fondo.

Pero manténgala a toda costa en la misma dirección bien atraillada, sin permitirle que se desvíe.

Esta es tarea de la voluntad.

El ignorarlo ha costado muchas existencias.

¿Me permite usted un vulgar símil? En un arma de caza, la imaginación es el proyectil, y la voluntad es la mira.

¡Apunte bien, señor Grant! Y ahora, vamos a ver a nuestra amiga, que debe estar ya repuesta de su fatiga.

Permítame usted que lo guíe.

El espeso cortinado que había traspuesto la dama se abría a un salón de reposo, vasto en la proporción misma del comedor.

En el fondo de este salón se elevaba un estrado dispuesto como alcoba, al que se ascendía por tres gradas.

En el centro de la alcoba se alzaba un diván, casi un lecho por su amplitud, y casi un túmulo por la altura.

Sobre el diván, bajo la luz de numerosos plafonniers dispuestos en losange, descansaba el espectro de una bellísima mujer.


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