El vampiro
El vampiro Aunque nuestros pasos no sonaban en la alfombra, al ascender las gradas ella nos sintió.
Y volviendo a nosotros la cabeza, con una sonrisa llena aun de molicie: –Me be dormido –dijo–.
Perdóneme, señor Grant, y lo mismo usted, señor Rosales.
Es tan dulce esta calma 8 –¡No se incorpore usted, señora, se lo ruego! –exclamó el dueño de casa, al notar su decisión–.
El señor Grant y yo acercaremos dos sillones, y podremos hablar con toda tranquilidad.
–¡Oh, gracias! –murmuró ella–.
¡Estoy tan cómoda asÃ.
Cuando hubimos hecho lo indicado por el dueño de casa: –Ahora, señora –prosiguió éste–, puede pasar el tiempo impunemente.
Nada nos urge, ni nada inquieta nuestras horas.
¿No lo cree usted asÃ, señor Grant? –Ciertamente –asentà yo, con la misma inconsciencia ante el tiempo y el mismo estupor con que se me podÃa haber anunciado que yo habÃa muerto hacÃa catorce años.
–Yo me hallo muy bien asà –replicó el espectro, con ambas manos colocadas bajo la sien.
Y debimos conversar, supongo, sobre temas gratos y animados, porque cuando me retiré y la puerta se cerró tras de mÃ, hacÃa ya largas horas que el Sol encendÃa las calles.