El vampiro
El vampiro Llegué a casa y me bañé en seguida para salir; pero al sentarme en la cama caí desplomado de sueño, y dormí doce horas continuas.
Torné a bañarme y salí esta vez.
Mis últimos recuerdos flotaban, se cernían ambulantes, sin memoria de lugar ni de tiempo.
Yo hubiera podido fijarlos, encararme con cada uno de ellos; pero lo único que deseaba era comer en un alegre, ruidoso, y chocante restaurante, pues a más de un gran apetito, sentía pavor de la mesura, del silencio y del análisis.
Yo me encaminaba a un restaurante.
Y la puerta a que llamé fue la del comedor de la casa de Rosales, donde me senté ante mi cubierto puesto.
Durante un mes continuo he acudido fielmente a cenar allá, sin que mi voluntad haya intervenido para nada en ello.
En las horas diurnas estoy seguro de que un individuo llamado Guillermo Grant ha proseguido activamente el curso habitual de su vida, con sus quehaceres y contratiempos de siempre.
Desde las 21, y noche a noche, me he hallado en el palacete de Rosales, en el comedor sin servicio, primero, y en el salón de reposo, después.
Como el soñador de Armageddon, mi vida a los rayos del Sol ha sido una alucinación, y yo he sido un fantasma creado para desempeñar ese papel.