El vampiro
El vampiro –¡Y yo, señor Grant! –repuso, reclinando la cara sobre ambas manos juntas.
–¿Me extrañaba usted? ¿De veras? –¿A usted? ¡Oh, sÃ, mucho! –y tornó a sonreÃrme largamente.
En ese instante me daba yo cuenta de que el dueño de casa no habÃa levantado los ojos de su tenedor desde que comenzáramos a hablar.
¿SerÃa posible.
? –Y a nuestro anfitrión, señora, ¿no lo extrañaba usted? –¿A él.
? –murmuró ella lentamente; y deslizando sin prisa su mano de la mejilla, volvió el rostro a Rosales.
Vi entonces pasar por sus ojos fijos en él la más insensata llama de pasión que por hombre alguno haya sentido una mujer.
Rosales la miraba también.
Y ante aquel vértigo de amor femenino expresado sin reserva el hombre palideció.
–A él también.
–murmuró la joven con voz queda y exhausta.
En el transcurso de la comida ella afectó no notar la presencia del dueño de casa mientras charlaba volublemente conmigo, y él no abandonó casi su juego con el tenedor.
Pero las dos o tres veces en que sus miradas se encontraron como al descuido, vi relampaguear en los ojos de ella, y.