El vampiro

El vampiro

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apagarse en seguida en desmayo, el calor incontenible del deseo.

Y ella era un espectro.

–¡Rosales! –exclamé en cuanto estuvimos un momento solos–.

¡Si conserva usted un resto de amor a la vida, destruya eso! ¡Lo va a matar a usted! –¿Ella? ¿Está usted Joco, señor Grant? –Ella, no.

¡Su amor! Usted no puede verlo, porque está bajo su imperio.

Yo lo veo.

La pasión de ese.

fantasma, no la resiste hombre alguno.

–Vuelvo a decirle que se equivoca usted, señor Grant.

–¡No; usted no puede verlo! Su vida ha resistido a muchas pruebas, pero arderá como una pluma, por poco que siga usted excitando a esa criatura.

–Yo no la deseo, señor Grant.

–Pero ella sí lo desea a usted.

¡Es un vampiro, y no tiene nada que entregarle! ¿Comprende usted? Rosales nada respondió.

Desde la sala de reposo, o de más allá, llegó la voz de la joven: –¿Me dejarán ustedes sola mucho tiempo? En ese instante, recordé bruscamente el esqueleto que yacía allí.

–¡El esqueleto, Rosales! –clamé–.


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