Historia de un amor turbio
Historia de un amor turbio —¿Cuáles? —preguntó Rohán.
—¡Bah! —repuso Mercedes, hamacándose con las manos entre las rodillas—: Mis ojos no, señor duque… —Y lo miraba insistentemente, levantando los ojos a él desde el “pouf”, con una de esas sonrisitas irónicas que nos hacen pensar si no hemos perdido antes, mucho antes, alguna ocasión que ya no nos concederán.
Por fin, seriamente, Rohán se despidió. Eglé estaba apoyada muy derecha de espaldas en la cola del piano. Rohán se inclinó y le levantó el mentón.
—Adiós, Eglé.
—Adiós…
—¿Me quieres dar un beso? —le dijo con una segura sonrisa de hombre que sabe bien dominar la situación.
Pero la criatura lo miró en los ojos tan desconsoladamente, que Rohán se avergonzó de su sonrisa y, no la besó.