Más alla
Más alla Ella lo había conocido en el estudio, pues el afortunado mortal poseía intereses en el cine. Y aunque Ella no había llegado a tenderle nunca los labios, sabía bien que, de haberlo hecho, él le habría apartado los brazos de su cuello, rígido y duro como el mismo deber. Las razas rubias suelen dar de vez en cuando al mundo uno de estos admirables seres, eternamente incomprensibles para los que tenemos la conciencia y los ojos más oscuros.
Ella sabía bien que él la amaba; pero no como un hombre, sino como un héroe. Y cuando un amante usurpa para sí todo el heroísmo del amor, al otro no le queda sino morir.
En suma: el padre de familia devolvió, amargo hasta las heces, el cáliz de amor que Ella le tendía con su cuerpo. Y Ella, sin fuerzas para resistirlo, se mató.
Suicida, en efecto, no podía Ella disfrutar de nuestra mansa paz, ni le habían sido vedados el amor y el dolor. Su corazón latía siempre; y en sus ojos, profundamente excavados, no podíamos adivinar qué dosis de arsénico o de mortal amor los dilataba aún con angustia.