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¡Oh! No nos era tampoco necesario recordar, para que comprendiéramos el sufrimiento de la pobre criatura: noche tras noche, después de un mes de completa desaparición de Hollywood, Mac Namara asistía desde la platea del Monopole, y sin faltar a una, a las cintas de Ella.

Nunca hasta hoy la literatura ha sacado todo el partido posible de la tremenda situación entablada cuando un esposo, un hijo, una madre, tornan a ver en la pantalla, palpitante de vida, al ser querido que perdieron. Pero jamás tampoco fue supuesta una tortura igual a la de una enamorada que ve por fin entregarse al hombre por quien ella se mató, y que no puede correr delirante a sus brazos, no puede mirarlo, ni volverse siquiera a él, porque toda ella y su amor no son ya más que un espectro fotográfico.

Tampoco debía ser risueño lo que pasaba por el corazón del puritano, cuya mujer e hijo dormían en sosiego, pero cuyos ojos abiertos contemplaban viva a la actriz. Hay sentimientos a los que no se puede dar cuerpo verbal, mas que es posible seguir perfectamente con los ojos cerrados. Los de Dougald Mac Namara pertenecían a este género.

Para nosotros, sin embargo, únicamente la situación de Ella ofrecía vivo interés. Es muy triste cosa haber muerto en vano, cuando la vida exige todavía lo que ya no se le puede dar.


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