Más alla
Más alla La proyección de la cinta continuaba, pero la actriz no parecÃa ya sufrir la pasión de sus personajes. Todo se habÃa desvanecido en la nada inerte, dejando en compensación un sendero de lÃvida y tremenda angustia, que iba desde una butaca vacÃa hasta un diván espectral.
Ni a la noche siguiente, ni a la otra, ni a las que le sucedieron por un mes, Dougald Mac Namara volvió.
¿Debo advertir que desde media hora antes de la exhibición en todas esas noches, nuestros labios permanecieron mudos, y que desde el primer chirrido del film, nuestros ojos no abandonaban a la enferma?
También Ella esperaba —¡y de qué modo!— el comienzo de la proyección. Durante un largo rato —el tiempo de buscarlo en la sala—, su rostro adelgazado por el suicidio lucÃa hasta lo fantástico de ansiosa esperanza. Y cuando sus ojos se cerraban por fin —¡Mac Namara no habÃa ido!—, el aplastamiento agónico de sus rasgos sólo era comparable al delirio anterior.
Nuevas noches se sucedieron, en vano. La butaca del Monopole proseguÃa desierta.