Más alla
Más alla En un austero hogar de cualquier alameda, un hombre de principios rÃgidos debÃa de velar el sueño de su casta esposa y su puro infante. Cuando se ha resistido a una cálida boca que implora ser besada, se resiste muy bien a una danzante ilusión de celuloide. Después de un instante de flaqueza, Mac Namara no retornarÃa más al Monopole.
Tal lo creÃamos. Ella no expresaba ya sus deseos de morir; se morÃa.
Una noche, por fin, al breve rato de iniciarse la proyección, y mientras nosotros no perdÃamos de vista su semblante, sus manos de muerta se arrancaron bruscamente de los ojos.
Súbitamente su rostro se iluminó de felicidad hasta ese radiante esplendor de que sólo la vida posee el secreto, y tendiendo los brazos adelante lanzó un grito. ¡Pero qué grito, oh, Dios!
—Lo ha visto… —nos dijimos nosotros—. ¡Ha vuelto al Monopole!
Era más. Allá, en un lugar cualquiera del mundo, el puritano de rÃgidos principios acababa de pegarse un tiro.