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Mas he aquí que bruscamente despierta en mí la epilepsia de mi abuela, la cual, si me esquiva crisis y ataques dramáticos, me sumerge de golpe en una ausencia, justo y cabal en el momento en que atravesaba la calle asoleada. Bajo la influencia de este estado epiléptico que el atacado no percibe en lo más mínimo, la vida prosigue como siempre. Sólo que al cabo de un día, un mes, un año, el hombre despierta de pronto. Se halla en un lugar que ignora, ni sabe por qué está allí, ni conoce a nadie, ni conserva un solo recuerdo de lo que ha hecho desde el momento en que ha caído sobre él la fuga epiléptica. Su último recuerdo data desde aquel instante; de lo demás: triunfos o tragedias de su propia vida, nada sabe. Es decir, que durante esos meses o esos años el hombre ha estado muerto. Ha vivido, amado, aullado de dolor, o delirado de alegría, pero muerto. Otro hombre ha proseguido viviendo en su nombre, en su cuerpo y en su alma; pero él mismo ha quedado detenido, suspenso al borde de la vía que iba a pisar… para despertar seis años después, asombrado e idiota ante su absurdo existir.

—Tal es su caso —concluyó el alienista—. Y no se queje mucho, porque hay epilépticos que arrancan a caminar un día, y no paran hasta llegar al Polo. Otros van derecho al mar o a través de un incendio. Usted ha sido de los afortunados.


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