Más alla
Más alla —Desde su cÃnico punto de vista, tal vez —respondà con una sacudida de hombros, yendo a apoyar la frente en los vidrios de la ventana.
Pero mi amigo habÃa bajado ya de su tarima cientÃfica.
—¡Vamos, Berger! Me doy cuenta de sobra de lo que le pasa… Lo quiero demasiado para emplear mi amistad en burlarme de usted. ¿Qué piensa hacer…?
—¡Pero es precisamente lo que le pregunto! —me volvà malhumorado—. ¿Qué hago yo ahora? ¿Qué hacÃa yo en el lago Negro? ¿Qué he hecho en esos seis años? ¿A quién pedir cuenta de mi vida en ese tiempo, y qué cuenta debo dar de mis acciones? ¡No se imagina usted, con todas sus definiciones, lo que es ignorar la actuación de la propia vida de uno durante seis años! Sólo sé que hice una cosa… ¡la única que no debÃa haber hecho!
Y agregué, sonriendo casi de lúgubre dicha: