Más alla
Más alla —¡Qué pesadilla amigo! Usted no lo supo entonces, porque estaba en Europa… Yo iba a casarme. Ahora comprendo que ya mi epilepsia habÃa comenzado cuando miré a aquella mujer, cuando la seguà y le puse el anillo en el dedo, como un sonámbulo… En los últimos momentos me di cuenta de lo que iba a hacer, cuando cruzaba la calle bajo el sol de fuego… Y vi entonces el lago. Pero tenÃa un telegrama de ella, en que me hablaba siempre de matrimonio. ¿Cómo mi segunda alma ha proseguido adherida a tal monstruo, mientras la primera quedaba en suspenso sobre la vÃa? ¿Cómo no he…?
—¡Un momento! —me interrumpió mi amigo, que desde hacÃa un instante me miraba con extrañeza—. ¿Cómo se llamaba esa que usted denomina monstruo?
—Nora. Tengo todavÃa el telegrama.
Y mientras Campillo leÃa:
—¡Y pensar —repetÃa yo dichoso— que si no me quedo plantado en la vÃa, mañana estarÃa casado!
—Y lo estará —me dijo tranquilo el médico, devolviéndome el papel—. Mañana se casa usted.
—¿Con Nora…? ¡Bah! Es usted ahora el que está loco.
—No estoy loco. Mañana se casa usted, pero con Nora… Strindberg.
Tableau de nuevo. Uno y otro quedamos inmóviles mirándonos.