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—¡Bien! —dijo al fin—. Ya ve que no es fácil hacerlo. Escuche esto al final. Nora vale, como corazón generoso y entusiasta, lo que usted ni sospecha siquiera. No le hablo de su físico; ya ha visto que por una cara, unos ojos y un cuerpo como el suyo, puede morir un hombre por conquistarlos. No volverá usted, en la vida de Dios, a hallar a su alcance una criatura igual a ésa. Que una de las tantas chicas monas que andan por ahí lo quisiera a usted un poco, le parecería ya bastante felicidad. Y Nora Strindberg lo quiere con locura, y no hay para ella mayor dicha que llegar a ser suya. He concluido.

Junto con su seductor alegato concluían también mis últimos escrúpulos. ¿Cómo desechar un cielo abierto (mucho más que el que yo había escrito), para entrar en el cual no se nos pide más que un poco de olvido?

Olvidar, recordar… Recordar que tras mi esplendor intelectual de un día, había en mí un corazón como el de otro cualquiera, que ya había latido junto al seno de Nora…

—Tal como usted pinta las cosas —asentí por fin— me olvido de todo… Pero una sola cosa, para concluir: ¿qué urgencia hay de que nos casemos mañana mismo? ¿Por qué no esperar un tiempo, hasta que…?


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