Más alla
Más alla Cuando Dios hizo a la mujer, arrojó la llave de oro de su espÃritu al misterio. El primer poeta suicida la halló dentro de su ataúd; y desde entonces los escritores, dueños exclusivos de ella, se la pasan de unos a otros.
Yo no sé cómo se llama el artista que hoy la posee; pero voy a él, confiada.
He mostrado a mi tÃa el aviso que envié esta mañana al diario. Se ha puesto los lentes, no tanto para leer como para mirarme por encima de ellos.
—¿Y has pensado en el peligro de que alguno te guste… no espiritualmente? —me ha dicho.
—¡Oh, tÃa! —he respondido sentándome en el brazo del sillón a abrazarla—. Si es un escritor, ¡soy toda suya!
ÉL
Puedo llegar a ser el hombre más feliz de la Tierra. ¡Acabo de hallarla por fin, cuando habÃa perdido todas las esperanzas! Nadie puede hacerse una idea de lo que es tener por fin a tiro a una chica monÃsima que nos ha enloquecido ya al pasar. Pregunté por ella tres meses seguidos; todo en vano. Y he aquà que la encuentro cuando menos lo esperaba, en los miércoles de una casa de familia.
La casualidad me pone en contacto, apenas adentro, con la señora de Morán, que me profesa cordial estimación. ¡Y es tÃa suya!