Más alla
Más alla —MagnÃfico —le digo—; usted me va a hacer un favor muy grande. Preséntemela.
—¿Le gusta?
—Locamente.
—Pierda entonces las esperanzas. No es para usted.
—¿Por qué? Yo no soy acabadamente vil.
—Usted es encantador; pero no es el hombre que va a llamar al corazón de Mechita.
—¡Diablo! ¿Tan inconquistable es?
—Para usted, inmensamente.
Mi amiga no parece bromear. Yo murmuro: «¿De veras?», con acento tan grave y aire seguramente tan desconsolado, que la señora se apiada después de medirme un rato en silencio.
—Yo quiero locamente a Mechita, pero también lo estimo mucho a usted. ¿Está seguro de poder hacerla feliz un dÃa?
¡Diablo de Mechita! Ante tanta solemnidad, y la exaltación superhumana que de Mechita se hace, pregunto atemorizado:
—¿Pero ella es una mujer… como todas?
—No sea loco —me responde mi amiga—. Quiero decir, si usted es capaz de enamorarse… de su espÃritu.
—Si posee de espÃritu una centésima parte de su encanto fÃsico, me caso mañana mismo.