Más alla
Más alla Encerrarse en las tinieblas con una placa sensible ante los ojos y contemplarla hasta imprimir en ella los rasgos de una mujer amada, no es una experiencia que cueste la vida. Rosales podÃa intentarla, realizarla, sin que genio alguno puesto en libertad viniera a reclamar su alma. Pero la pendiente ineludible y fatal a que esas fantasÃas arrastran era lo que me inquietaba en él y temÃa por mÃ.
A pesar de sus promesas, nada supe de Rosales durante algún tiempo. Una tarde la casualidad nos puso uno al lado del otro en el pasadizo central de un cinematógrafo, cuando salÃamos ambos a mitad de una sección. Rosales se retiraba con lentitud, alta la cabeza a los rayos de la luz y sombras que partÃan de la linterna proyectora y atravesaba oblicuamente la sala.
ParecÃa distraÃdo con ello, pues tuve que nombrarlo dos veces para que me oyera.
—Me proporciona usted un gran placer —me dijo—. ¿Tiene usted algún tiempo disponible, señor Grant?
—Muy poco —le respondÃ.
—Perfecto. ¿Diez minutos, s� Entremos entonces en cualquier lado.
Cuando estuvimos frente a sendas tazas de café que humeaban estérilmente:
—¿Novedades, señor Rosales? —le pregunté—. ¿Ha obtenido usted algo?