Más alla
Más alla —Bien, doctor… Lo haré asÃ… Usted ha sido muy bueno conmigo… Y si hace sólo quince dÃas… ¡SÃ, sÃ! Ya voy, doctor… Es lo que querÃa decir. Mil… Nuestra hijita tenÃa cuatro años y un mes justos cuando su padre se enfermó para no levantarse más. Nosotros no habÃamos sido nunca muy felices. Mi marido era de constitución delicada y muy apocado para la lucha por la vida. No sé qué hubiera sido de nosotros de no hallarnos en posición desahogada. Siempre parecÃa extrañar algo, aun cuando nos sonreÃa. Y yo creo que no habÃa conocido la felicidad hasta el momento de sentirse padre.
»¡Pero qué amor el suyo, doctor, por su hija! ¡Qué devoción religiosa contemplando a nuestra nena! ¡Y qué consuelo para mà al pensar que por fin hallaba él algo que lo ligara fuertemente a la vida!
»Sin duda a mà me habÃa amado cuando él podÃa hacerlo; pero su eterna tristeza de alma sólo habÃa podido disiparse entre las manecitas de su hija.
»Se postró por fin, como digo, para no levantarse más. Mi propio dolor de esposa debió desvanecerse ante el dolor inenarrable que expresaban los ojos de aquel padre que debÃa separarse para siempre de su hija.
»¡Para siempre, doctor! Su última mirada, fija en mÃ, delataba tan intensamente lo que pasaba por su corazón, que con mis labios le cerré los ojos, diciéndole: