Pasado amor

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XXXII

Morán no volvió, en efecto, porque la carta —¡por fin!— de Magdalena lo había enloquecido de gozo. Con ninguna otra mujer Morán hubiera tenido la ternura paciente de que dio pruebas en aquellos lúgubres días. Para su Magda, para aquella criatura de 17 años que le había dicho: «Tú has sufrido ya demasiado en la vida; ahora necesitas ser feliz», para aquella virgen que era suya, al punto de que, aunque lo hubiera sido en realidad, no podía pertenecerle más en cuerpo y alma, para ella la impaciencia capital de Morán se convertía en grave contemplación y suavísima esperanza.

Eran felices de nuevo, aunque las pruebas a que se veía sometido su amor tornábanse cada vez más duras. Debieron recurrir a malicias que, si a él le eran bien conocidas, en ella surgían con brusca revelación.

Una de las tardes en que Morán pasó al tranco de su caballo por el frente de la casa, vio a Pablo y a uno de los negros que recorrían la línea del alambrado, observando el césped con atención. Esa misma noche, cuando Morán iba a cruzar la picada a dejar su carta, se detuvo inmóvil en medio de ella: desde el zaguán Pablo observaba con atención la línea del monte.


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