Pasado amor
Pasado amor Morán no volvió, en efecto, porque la carta —¡por fin!— de Magdalena lo habÃa enloquecido de gozo. Con ninguna otra mujer Morán hubiera tenido la ternura paciente de que dio pruebas en aquellos lúgubres dÃas. Para su Magda, para aquella criatura de 17 años que le habÃa dicho: «Tú has sufrido ya demasiado en la vida; ahora necesitas ser feliz», para aquella virgen que era suya, al punto de que, aunque lo hubiera sido en realidad, no podÃa pertenecerle más en cuerpo y alma, para ella la impaciencia capital de Morán se convertÃa en grave contemplación y suavÃsima esperanza.
Eran felices de nuevo, aunque las pruebas a que se veÃa sometido su amor tornábanse cada vez más duras. Debieron recurrir a malicias que, si a él le eran bien conocidas, en ella surgÃan con brusca revelación.
Una de las tardes en que Morán pasó al tranco de su caballo por el frente de la casa, vio a Pablo y a uno de los negros que recorrÃan la lÃnea del alambrado, observando el césped con atención. Esa misma noche, cuando Morán iba a cruzar la picada a dejar su carta, se detuvo inmóvil en medio de ella: desde el zaguán Pablo observaba con atención la lÃnea del monte.