Pasado amor

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Dada la posición que Morán ocupaba, no podía ser descubierto. Pablo avanzó a lo largo de la casa, luego del alambrado de la quinta, sin apartar los ojos de la picada. Olfateaba indudablemente la presencia de Morán.

Éste no se movía, protegido por las tinieblas del monte. Pero se vio obligado a cambiar de táctica cuando Pablo, convencido de que no podría ver a su enemigo desde el lugar que ocupaba, avanzó al medio de la picada, donde se agachó para distinguir así la silueta de Morán destacada sobre el cielo más claro.

Por varias veces se repitió aquel acecho original: Pablo, irguiéndose y cayendo de golpe con la cara a ras del suelo, y Morán repitiendo su maniobra.

No entraba seguramente en los cálculos del joven Iñíguez acercarse a la presa sospechosa; deseaba sólo comprobar su presencia. Desalentado al fin entró en su casa; y Morán, excitado aún por aquella cacería imprevista, se volvió a su casa a esperar la alta noche, silbando vivamente, mientras atravesaba el monte lóbrego manteniéndose en el sendero con bruscos relámpagos de su linterna.


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