Pasado amor

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La amargura de un dolor irradia como mancha a cuentos la vieron verterse. De aquí la resistencia de Morán a la invitación de Salvador. Bien visto, sin embargo —decíase Morán al llegar a su casa—, la devoción de la dama en aquellas circunstancias prueba buen corazón.

Y se prometió ir de buen grado al día siguiente a ver a las Iñíguez.

Lo más hermoso de la casa de los Iñíguez era su vasto living-room. Comunicábase por tres lados con los dormitorios, y por el otro una gran vidriera separábalo del monte virgen. Dentro de la casa lucían la luz y el confort de la civilización.

Morán, que cenaba habitualmente al caer la noche, llegó a la casa a las ocho y media, sin que allí pensaran aún en sentarse a la mesa. Los muchachos, por la hora a que se retiraban del trabajo y sus largos descansos en el bar, habían impuesto tal costumbre.

La señora de Iñíguez, alta y en eterno batón, poseía una gracia especial para erguir la cabeza, pequeña como la de sus hijos. Recibió a Morán con un afecto tan conmovido que llegó a conmover a éste.


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