Pasado amor

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—Ya le habíamos dicho a Salvador —exclamó con las eses melosas y las haches un poco aspiradas de su trópico—: Si Morán no viene a vernos en seguida, no se lo hemos de perdonar. ¡Señor! ¡Llegar aquí y no avisarle nada a nuestro Salvador! Pues ahora le tenemos, y nos va a prometer venir todas las semanas a cenar con nosotros. ¿Qué dices tú, Salvador?

—Ya he hablado con Morán —respondió aquél con voz breve y sin volver la cabeza, como deseando concluir de una vez. Estas respuestas esquivas y terminantes eran una de las modalidades con que el joven Salvador imponía su tiranía en la casa.

—¿Y tú, Marta? Ésta es nuestra Martita, Morán, que ha crecido un poquitito más desde que usted se fue.

La joven Marta, que cruzaba entonces el hall, sonrió a Morán sin timidez y sin cortarse, a pesar de su estatura. Era en realidad muy alta, pero de una elegancia tal para caminar —peculiaridad de los Iñíguez— que aquélla no le perjudicaba.

—¿Y Magdalena? —preguntó a su vez Morán—. Debe de haber crecido también.

—¡Oh! Ésa, muy poco. Sí, está más repuesta.

—¿Dónde está? —preguntó Salvador.

—Y ya sabes tú —explicó la madre—. Con su Adelfa, que desde que está enferma no hace más que pedir por su madrina. Y a Morán:


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