Pasado amor

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—Es una negrita huérfana que nuestra Magdalena ha recogido… La llaman Adelfa; ¿quiere usted creer? Pues no ve ella sino por los ojos de mi hija. Desde hace dos horas está allá. Es muy buenica Magdalena.

—Sí, bastante zonza —cortó Salvador.

—¿Y por qué la llamas tú zonza? ¿Es que tú te acuerdas de llamarla así cuando estás enfermo y no aflojas el ceño hasta que ella te atiende? Y no le crea usted, Morán. Tiene locura por nuestra Magdalena, ahí donde usted lo ve. Pero aquí viene. Oye, Magdalena: ¿A qué no recuerdas tú al señor?

La joven, que desde el pasillo había ya fijado los ojos en Morán, avanzaba hacia él con la misma absoluta falta de cortedad de su hermana.

—Cómo no me voy a acordar, mamá… —dijo, y dio la mano a Morán, sonriéndole en plenos ojos.

—¿Y cómo la halla usted? —preguntó la madre.

—Muy bien —repuso tan sólo Morán.

Sentáronse por fin a la mesa.

Si físicamente la familia no había cambiado en general, no podía decirse lo mismo de la menor de los Iñíguez. Donde Morán había dejado una chica larguirucha y a medio formar, hallaba una mujer completa. La crisálida se había transformado en mariposa: nada podía expresar mejor el cambio efectuado que este viejo símil.


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