Pasado amor
Pasado amor —¿Y sabe usted lo que pasó? —concluyó Ekdal—. Que Pablo roció las manchas de los almácigos, y buena parte de su contorno, con cal, como se lo habÃa aconsejado yo… pero cal viva. ¡Cal viva sobre plantitas de cuatro dÃas!
Y Morán se rió a su vez de buena gana, con la satisfacción de siempre cada vez que los IñÃguez fracasaban ante fenómenos superiores a su seca y árida inteligencia. Contratar peones por dos cucharadas de grasa rancia y exigirles el máximo trabajo: éste era el fuerte de los muchachos.
—Todos ellos son iguales —apoyó Inés levantando su bella frente realzada por dos ondas de cabello de ébano que lograba mantener siempre húmedos—. Si no fuera por Magdalena, no se podrÃa ver a esa gente. Es la única que vale.
—Tengo esa impresión —dijo Morán.
—Pero usted los conocÃa de antes; puede juzgarlos mejor que nosotros.
—A ellos, sÃ. Magdalena era una criatura cuando me fui, y apenas habÃa cambiado con ella diez palabras.
—Ella lo recuerda mucho, sin embargo.
—Puede ser. Pienso de ella como ustedes.
—No sólo como nosotros; todos tienen aquà la misma opinión.