Pasado amor
Pasado amor —Mas, ya hablaremos de eso, Morán —concluyó la señora—. Ahora estamos muy atareados con la llegada de mi Pablo y su mujer. ¡Y las ganicas que tengo de abrazarlos! Ella es sobrina nuestra, sabrá usted. Perdió de muy pequeña a su madre y a su hermanita en un terremoto. ¡Qué espantoso aquello, Morán! Murió la pobre abrazada a su infantico debajo de la cuna, adonde habÃa rodado con el remezón. ¡Y sin bautizar la criatura, mi Dios!
—No te aflijas, mamá —dijo Magdalena con gravedad—. Está con los ángeles.
Morán volvió los ojos a ella. Aunque conocÃa el espÃritu religioso de los IñÃguez, ciego, cerrado y conventual en la madre, no creÃa que una chica de esta época llevara tan lejos y tan hacia atrás del tiempo su fe católica. El tono seguro de Magdalena lo habÃa sorprendido.
—¿Usted cree en los ángeles? —le preguntó.
—SÃ, creo —repuso la joven.
Morán hubiera querido continuar, pero en esos instantes entraban Marta y Salvador, que habÃan ido por media hora a lo de Ekdal. Poco después Morán se retiraba, dejando la promesa de que volverÃa muy pronto a prestar su ayuda en la organización de los festejos a Pablo y su mujer.