Pasado amor

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Y con un breve silbido a una de las chicas, silbido cuya brusquedad atemperaba la amistad de los ojos, Morán indicó su valija de mano que había quedado sobre el molinete, y esperó a que Aureliana volviera con las llaves del chalet.

Hacía dos años que faltaba de allí. Desde la curva ascendente del camino, su casita de piedras quemadas, su taller y el mismo rojo vivo de la arena, habíanle impresionado mal. De espaldas a la puerta descascarada por dos años de sol, la impresión se afirmaba hasta oprimirle casi de soledad, bajo el gran cielo crudo y silencioso que lo circundaba. Un mediodía de Misiones vierte demasiada luz sobre el paisaje para que éste pueda adquirir un color definido.

Aureliana y las llaves llegaban por fin.

—¿Ha abierto de vez en cuando las puertas? —preguntó Morán.

—Sí, señor; todos los meses. Sacábamos la ropa afuera, y la retirábamos antes que cayera el rocío. Lo que nos molestaba eran las goteras. Hay tres o cuatro, como usted recordará, señor…

Sí, me acuerdo… —respondió Morán. Dejó su valija y entrando en su casa abrió las ventanas. El sol inundó las piezas con una brusquedad tal, que se hubiera creído que la soledad de las cosas, sorprendida de improviso, acababa de ocultar algo, ofreciendo ahora un aspecto muy distinto del que guardaba un instante atrás.


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