Pasado amor

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XII

Pero Morán no fue a verla al día siguiente, ni al otro, ni en toda esa semana. La tarde posterior al baile había visto llegar al molinete de su casa a Adelfa, la negrita recogida por los Iñíguez, portadora de un libro que le devolvía la niña Magdalena.

Un poco extrañado, Morán abrió la cubierta, y adentro encontró unas líneas de Magdalena:

Devolvíale la novela, «encantadora», aunque no tanto como las horas que Morán había pasado en el bar…

Si en Iviraromí las clases humildes vivían de lo que pasaba en las castas superiores, éstas, a su vez, vivían de lo que sucedía entre aquéllas. La señora de Iñíguez, en particular, en su condición de amita de negros, interesábase por todo lo que concernía a las familias de los peones. Era evidente que Salvador había comentado en su casa el baile de la noche anterior, y de aquí la carta recibida por Morán.

El tono de esta carta era de broma cordial; pero Morán conocía muy bien todo lo que puede mal disimularse bajo ese tono, y quedó satisfecho. Esa misma noche estaba en lo de Iñíguez, y por la primera mirada de Magdalena comprendió que ella también esperaba verlo.


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