Pasado amor
Pasado amor Su mutuo y habitual modo de ser no cambió, sin embargo, en el resto de la noche. Para Morán, hombre hecho y con más de un drama en su vida, la sola ilusión de ser el «hombre perfecto» de Magdalena colmaba sus aspiraciones. No anhelaba más ni querÃa tampoco saber más. La luz de los ojos de ambos al coincidir en una misma proporción, al hallarse por casualidad uno junto al otro en la misma caravana, el instantáneo encuentro de sus miradas al efectuar una recorrida general de rostros, delataban, sin duda alguna, sus mutuos sentimientos. Pero Morán se sentÃa demasiado feliz asà para exigir el cambio que fuere.
La noche a que nos referimos estaban en lo de IñÃguez los Ekdal, pues la inminencia de la gran fiesta apretaba los lazos sociales. Morán acompañó luego al matrimonio hasta su chalet, comentando risueñamente en el camino los preparativos para aquélla.
—¿Sabe usted en qué consistirá la iluminación de que tanto se habla? —dijo Inés Ekdal—. En doce farolitos chinescos que colgarán desde el portón del camino a la casa. ¡Doce farolitos! ¡Uf! ¡Qué gente!
—Es extraño —observó Morán.
—¿Usted cree? Eso le parece porque es hombre y no nota nada. Hay que ver algunos detalles…
—Inés… —murmuró Ekdal.
La joven miró a Morán, y se echó a reÃr.