Pasado amor
Pasado amor —¿A qué hora? —no dijo, devoró él.
—A las nueve.
Morán saludó de nuevo a las hermanas y prosiguió su camino.
¡Pero sus manos! ¡Su paso! ¡Sus labios mordidos de solitaria felicidad!
«Te espero». No habÃa dicho: «Accederé a lo que me pide, señor Morán», sino, ella la primera: «Te espero».
Jamás habÃa visto Morán realizado en vida y dicha, como en esas dos palabras, su ideal de virgen espontaneidad que amaba en la mujer por sobre todas las cosas. No era bastante querer con secreta pasión a un hombre, para ser capaz de decirle, mirándolo en los ojos: Te espero. Y quien lo habÃa dicho abrÃa recién las pestañas a la luz, no tenÃa sino 17 años; ignorábalo todo de la vida, menos el impulso de su corazón, tan extraordinariamente puro, que la llevaba a tutear, entregándole la mirada, al hombre al que hablaba casi por primera vez. Sólo una mujer de cuerpo inmaculado y alma sin mancha podÃa expresarse asÃ.
«He aquà tu destino» —murmuró Morán con profunda ternura—. «No se posee en balde tu sed de bondad y el insondable anhelo de tu mirada, Magda mÃa, eterna luz de mi vida».