Pasado amor

Pasado amor

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—Yo lo mismo. Pero tengo cariño a mis plantas. Cuando Salvador echaba abajo mil hectáreas de monte para airear su yerbal, le dije que respetara las palmeras, pues cinco o seis palmas por hectárea no quitarían sol a su yerbal. Salvador me contestó que las palmeras eran muy bonitas, pero no rendían un centavo, y que valía más una hoja de yerba que sus penachos inútiles. ¿Sabe usted ahora en qué gastará su plata el joven Salvador, cuando haya hecho una fortuna con su yerbal? En reponer a gran costo, y so pretexto de decoración artística, las palmeras que taló. ¡Arte, los Iñíguez! Pero así es el mundo.

Inés quedó un rato callada.

—Yo pienso —dijo al fin— que tal vez ellos procedan como es debido…

—Y de acuerdo —interrumpió Morán lanzando con todas sus fuerzas un palo a un tucán que pasaba volando— con las leyes biológicas tan caras a Inés Ekdal.

—Usted es tonto, Morán.

—Y usted está a mil leguas de serlo, Inesita.

Se echaron a reír, y volvieron juntos al paso por el camino que allí ascendía entre dos altas murallas de monte, ella silenciosa a caballo, él a pie a su lado, con la camisa oscurecida de sudor.


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