Fedra
Fedra ARICIA.— ¿Deberé creer que un mortal antes de su postrera hora pueda penetrar en la profunda morada de los muertos? ¿Qué hechizo lo atraía hacia sus playas temibles?
ISMENA.— Teseo ha muerto, señora, y sois vos la única que duda de ello. Atenas lo llora, lo sabe Trecene, y ya reconoce a Hipólito como a su rey. En su palacio, Fedra, que tiembla por su hijo, pide consejo a sus arrogos alarmados.
ARICIA.— ¿Y tú crees que, más humano para mí que su padre, Hipólito aligerará mi cadena? ¿Qué se compadecerá de mis desgracias?
ISMENA.— Lo creo, señora.
ARICIA.— ¿Acaso conoces al insensible Hipólito? ¿Sobre qué frívola esperanza te apoyas para pensar que de mí se apiade y que en mí sola respete un sexo que desdeña? Sabes cuánto tiempo hace que evita nuestros pasos y elige todos los sitios para no encontrarnos.
ISMENA.— Conozco cuanto se dice acerca de su frialdad; pero he visto junto a vos a ese orgulloso Hipólito: y hasta el mismo rumor de su fiereza ha redoblado mi curiosidad. No me pareció que su porte respondiera a su fama; lo vi confuso desde vuestra primer mirada. Sus ojos, que en vano querían escaparos, llenos ya de languidez, no podían abandonaros. Quizás ofenda su orgullo el nombre de amante, pero de ello tiene los ojos, si no la lengua.