Fedra

Fedra

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

ARICIA.— ¡Con qué avidez escucha mi corazón, cara Ismena, una plática que acaso tiene muy poco fundamento! ¿Te parece probable a ti que me conoces, que el triste juguete de implacable destino, corazón siempre alimentado de amargura y de lágrimas, deba conocer el amor y sus locos dolores? Resto de la sangre de un rey, noble hijo de la Tierra, fui la única en escapar a los furores guerreros. En la florida estación perdí a seis hermanos: ¡qué esperanza de una ilustre estirpe! El hierro todo lo cosechó, y la tierra, humedecida, bebió a su pesar la sangre de los descendientes de Erecto. Tú sabes qué severa ley, después de su muerte, prohibió a todos los griegos amarme: se teme que la llama audaz de la hermana llegue a reanimar un día las cenizas fraternas. Pero tú sabes también con qué desdeñosos ojos miré ese anhelo de un vencedor desconfiado. Sabes que, opuesta siempre al amor, agradecí a menudo al injusto Teseo, este rigor feliz que secundaba mis desdenes. En aquel tiempo mis ojos, mis ojos no habían contemplado a su hijo. No es que sólo, cobardemente encantada por los ojos, ame en él su belleza, su gracia tanto alabada, presentes con que la naturaleza ha querido honrarlo y que él mismo desprecia y parece ignorar. Amo y admiro en él riquezas más nobles, las virtudes de su padre sin sus debilidades. Amo en él, confesaré, ese orgullo generoso que jamás cedió al amoroso yugo. Fedra podía honrarse con los suspiros de Teseo: en cuanto a mí, soy más orgullosa, y huyo la gloria fácil de conquistar un homenaje a otras mil ofrecido y entrar en un corazón abierto por todos sus costados. Pero hacer doblegar un inflexible coraje, llevar el dolor a un alma insensible, encadenar a un cautivo atónito de sus hierros, vanamente rebelado contra un yugo que le place: eso es lo que quiero, eso es lo que me excita. Costaba menos desarmar a Hércules que a Hipólito; vencido más a menudo, y con más frecuencia abatido, otorgaba menos a los ojos que lo domaron. Pero ¡ay, cara Ismena! ¡Qué imprudencia la mía! Se me opondrá demasiada resistencia. Acaso me escuches, humilde en mi aflicción, lamentarme de esa misma soberbia que hoy admiro. ¿Amarla a Hipólito? ¿Por qué extrema dicha hubiera yo podido doblegar…?


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker