Fedra
Fedra FEDRA.— Aunque me odiarais, señor, no me quejaría. Me habéis visto encarnizada en vuestro daño; y no podíais leer en el fondo de mi corazón. Me esforcé en merecer vuestra enemistad. No podía sufriros en los parajes que habitaba. Declarada contra vos en público y en secreto, he querido que nos separaran los mares; hasta prohibí por ley expresa que pronunciaran ante mí vuestro nombre. Y sin embargo, si se mide la pena por la ofensa, si sólo el odio puede atraer vuestro odio, nunca mujer alguna fue más digna de compasión y menos merecedora, señor, de vuestra enemistad.
HIPÓLITO.— Una madre, preocupada por los derechos de sus hijos, rara vez perdona al hijo de otra esposa, lo sé, señora. Las sospechas importunas son las frutas más comunes de un segundo matrimonio. Cualquier otra hubiera alimentado contra mí la misma desconfianza, y quizás hubiera debido yo soportar mayores ultrajes.
FEDRA.— ¡Ah, señor, cómo ha querido el cielo, al que oso invocar aquí, exceptuarme de esta ley común! ¡Bien diferente es el cuidado que me devora y me perturba!
HIPÓLITO.— Señora, no es el momento de que así os emocionéis. Quizá vuestro esposo ve aún la luz del día; el cielo puede acordar su retorno ante nuestras lágrimas. Neptuno lo protege: el dios tutelar no será invocado en vano por mi padre.