Fedra

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FEDRA.— No puedo dejarlo.

ENONA.— Osasteis desterrarlo y no osáis huir de él.

FEDRA.— Ya no es tiempo. El sabe de mis insensatos ardores. Han sido traspuestos los límites del pudor auste-35ro. Ante los ojos de mi vencedor confesé mi vergüenza, y la esperanza se deslizó en mi corazón, a despecho mío. Tú misma, reanimando mis desfallecidas fuerza y mi alma, errante ya sobre mis labios, has sabido revivirme con tus aduladores consejos. Tú me has hecho atisbar que podía amarlo.

ENONA.— Ay, inocente o culpable de vuestras desdichas, ¿de qué no hubiera sido capaz por salvaros? Pero si alguna vez la ofensa irritó vuestro espíritu ¿podéis olvidar los desprecios de ese furioso? ¡Con qué ojos crueles os dejó su obstinado rigor poco menos que prosternada a sus pies! ¡Qué odioso lo volvía su feroz orgullo! ¡Ah! ¿Por qué no tuvo mis ojos Fedra en ese instante?

FEDRA.— Enona, él puede abandonar ese orgullo que te hiere. Tiene la rudeza de los bosques en que fue criado. Endurecido por costumbres salvajes, Hipólito oye hablar de amor por primera vez. Acaso la sorpresa ha provocado su silencio, y acaso nuestras quejas son demasiado violentas.

ENONA.— Pensad que una bárbara lo ha llevado en su seno.


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