Fedra

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FEDRA.— ¡Justo cielo! ¿Qué he hecho hoy? Mi esposo va a llegar junto con su hijo. Veré al testigo de mi adúltero amor observar con qué cara, oso abordar a su padre, el corazón pesado de los suspiros que no escuchó, los ojos húmedos de las lágrimas que rechazó el ingrato. ¿Piensas tú que, velando por el honor de Teseo, ha de ocultarle el ardor que me consume? ¿Dejará traicionar a su padre y rey? ¿Podrá contener el horror que por mí siente? Callaría en vano. Conozco mis culpas, Enona, y no soy de esas mujeres atrevidas que gozando de una tranquila paz en el crimen han sabido forjarse una frente que no enrojece nunca. Conozco mis furores todos los recuerdos. Paréceme ya que y estos muros, que estas bóvedas, adquieren la palabra, y, prontos a acusarme, esperan a mi esposo para desengañarlo de mí. Muramos. Que la muerte me libere de tantos horrores. ¿Es acaso una gran desdicha dejar de vivir?, la muerte no asusta al desdichado. Temo sólo la fama que dejo tras de mí: ¡espantosa herencia para mis tristes hijos! La sangre de Júpiter debe henchirlos de orgullo; pero, por legítimo que sea el orgullo inspirado por tan bella estirpe, grave peso es el crimen de una madre. Tiemblo de que algún día se les eche en cara la culpa de su madre con alguna frase ¡ay!, demasiado cierta. Tiemblo de que, oprimidos bajo ese odioso peso, no osen nunca alzar sus ojos el uno ni la otra.


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