Fedra

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ENONA.— No lo dudo, y los compadezco a ambos; jamás hubo temor más justificado que el vuestro. Pero, ¿por qué vais a exponerlos a tales afrentas? ¿Por qué declarar contra vos misma? Esto es hecho: se dirá que Fedra, demasiado culpable, huye el temible aspecto de su traicionado esposo. Feliz será Hipólito de que, a expensas de vuestra vida, vos misma apoyéis sus palabras, muriendo. ¿Qué podré contestar yo a vuestro acusador? Seré confundida por él fácilmente. Lo veré gozar de su horrible triunfo y contar vuestra vergüenza a quien quiera oírla. ¡Ah, prefiero que las celestes llamas me devoren! Pero no me engañéis: ¿lo amáis aún? ¿Con qué ojos miráis a ese atrevido príncipe?

FEDRA.— Aparece a mis ojos como un monstruo espantable.

ENONA.— ¿Por qué entonces cederle íntegra la victoria? Vos le teméis. Osad acusarle, la primera, del crimen con que hoy puede agobiaros. ¿Quién os desmentirá? Todo habla en contra suya: su espada, que felizmente quedó en vuestras manos, vuestra turbación actual, vuestro pasado dolor, su padre prevenido por vuestras voces desde hace largo tiempo, y hasta su destierro que vos misma obtuvisteis.

FEDRA.— ¿Que ose yo oprimir y calumniar la inocencia?


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