Fedra
Fedra ENONA.— Mi cuidado no necesita más que de vuestro silencio. Tan temblorosa como vos, sufro algunos remordimientos, y preferirÃa afrontar mil muertes, pero ya que os perderÃa sin ese triste recurso, vuestra vida tiene para mà un precio ante el cual se doblega. Hablaré. Teseo, irritado por mis noticias, limitará su venganza al destierro de su hijo. Aun cuando castiga, señora, un padre siempre es padre: un ligero suplicio es suficiente para su cólera. Pero aunque se derramara sangre inocente, ¿qué no exige vuestro amenazado honor? Es un tesoro demasiado precioso para comprometerlo. Debéis someteros, señora, a la ley que os dicte: y para salvar nuestro honor en peligro, es necesario inmolarlo todo, hasta la virtud. Ya vienen; veo a Teseo.
FEDRA.— ¡Ah!, yo veo a Hipólito; en sus ojos insolentes veo escrita mi pérdida. Haz lo que quieras, me abandono a ti. Nada puedo por mà misma en la turbación en que me debato.