Fedra
Fedra HIPÓLITO.— Justamente irritado por mentira tan negra, deberÃa hacer hablar aquà la verdad, señor; pero suprimo un secreto que os hiere. Aprobad el respeto que me cierra la boca: y sin querer aumentar vos mismo vuestros pesares, pensad en quién soy y examinad mi vida. Algunos crÃmenes preceden siempre a los crÃmenes más grandes. Quien pudo tranquear las fronteras legÃtimas puede, en fin, violar los derechos más sagrados. El crimen tiene su escala, como la virtud, y jamás se ha visto a la tÃmida inocencia pasar de súbito al desenfreno. Un solo dÃa no convierte a un virtuoso mortal en un cobarde incestuoso, en un pérfido asesino. Criado en el seno de una casta heroÃna, no he desmentido el origen de mi sangre. Piteo, juzgado como sabio entre todos los hombres, se dignó también instruirme al salir de sus manos. No quiero pintarme con favor excesivo; pero si alguna virtud me ha correspondido en suerte, señor, creo sobre todas las cosas haber hecho resaltar el odio de las maldades que osan imputarme. Por ello conocen a Hipólito en Grecia. He llevado la virtud hasta la rudeza. Sabido es el inflexible rigor de mis enfados. No es más diáfano el dÃa que el fondo de mi corazón. Y se pretende que Hipólito, presa de un fuego impÃo…