Fedra

Fedra

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TESEO.— ¡Sí, cobarde!, es ese mismo orgullo el que te condena. Comprendo el odioso origen de tus frialdades: Fedra era la única que deleitaba tus impúdicos ojos; y tu alma, indiferente a todo otro objeto, se negaba a abrasarse en inocente llama.

HIPÓLITO.— No, padre mío, este corazón, no puedo ya ocultároslo, ha consentido en arder en un casto amor. Confieso a vuestros pies mi verdadera ofensa: yo amo, y amo, cierto es a pesar de vuestras órdenes. Arícia tiene sujetos a su ley mis anhelos. Vencido fue vuestro hijo por la hija de Palante. La adoro, y mi alma, rebelde a vuestras prohibiciones, no puede suspirar ni arder más que por ella.

TESEO.— ¿Tú la amas? ¡Cielo! Pero no, el artificio es grosero. Te finges, criminal, para justificarte.

HIPÓLITO.— Señor, hace seis meses que huyo de ella y la amo. Temblando venía a confesároslo a vos mismo. ¿Y qué? ¿Nada puede apartaros de vuestro error? ¿Con qué terrible juramento hay que asegurároslo? Que la tierra, y el cielo, y toda la naturaleza…

TESEO.— Siempre han recurrido al perjurio los malvados. Cesa, cesa, y ahórrame una importuna plática, si no tiene otros recursos tu falsa virtud.

HIPÓLITO.— Os parece falsa y llena de artificios. Fedra, en el fondo de su corazón, me hace mayor justicia.


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