Fedra
Fedra ARICIA.— ¿Y cómo soportáis vos que con horribles palabras osen enturbiar el curso de tan hermosa vida? ¿Conocéis tan poco su corazón? ¿Tan mal discernís el crimen y la inocencia? ¿Es posible que sólo para vuestros ojos oculte una odiosa nube su virtud, que para todos los demás brilla? Ah, basta ya de entregarlo a pérfidas lenguas. Detenéos: arrepentíos de vuestros votos homicidas; temed, señor, temed que el cielo riguroso os odie tanto, que escuche vuestras súplicas. Muchas veces acepta encolerizado nuestras víctimas; sus presentes son a menudo la pena de nuestros crímenes.
TESEO.— No, inútilmente queréis disculpar su crimen: vuestro amor os ciega en favor del ingrato. Pero yo creo en testimonios ciertos, irrecusables: yo he visto, he visto correr lágrimas verdaderas.
ARICIA.— Tened cuidado, señor. Vuestras invencibles manos han libertado a los hombres de monstruos sin cuento; pero no todos han sido exterminados, y vos dejáis vivir uno. Señor, vuestro hijo me prohíbe continuar. Conozco el respeto que quiere guardaros, y lo afligirla demasiado si osara seguir. ¡Miro su pudor y huyo de vuestra presencia para no verme forzada a violar mi secreto!