Fedra
Fedra TESEO.— ¡Ah! ¡Padre infortunado! ¡Y lo condené fiando en vos! Cruel, pensáis que eso basta a perdonaros…
FEDRA.— Los momentos me son preciosos; escuchadme, Teseo. Fui yo quien sobre ese hijo, casto y respetuoso, me atreví arrojar incestuosas e impías miradas. El cielo puso en mi corazón una pasión funesta, y la destable Enona hizo lo demás. Temió ella que Hipólito, conociendo mis furores, descubriera un fuego que lo horrorizaba, y abusando de mi debilidad extrema, se apresuró la pérfida a acusarlo a él mismo ante vos. Ya ha encontrado su propio castigo, y huyendo de mi enojo, ha buscado en las olas un suplicio demasiado suave. El hierro hubiera cortado ya mi suerte, pero yo dejaba gemir a la sospechada virtud, y he querido, exponiendo ante vos mis remordimientos, descender a la muerte por más largo camino. He tomado y he hecho correr en mis ardientes venas un veneno que Medea trajo de Atenas. Llegando ya a mi corazón, en mi corazón moribundo pone ese veneno un frío desconocido; ya sólo a través de una nube veo el cielo y el esposo a quien mi presencia ultraja; y la muerte, que despoja de claridad a mis ojos, restituye su pureza a la luz del día que manchaban.
PÁNOPE.— ¡Se muere, señor!