Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Tenéis miedo de morir, porque no pensáis más que en ese montón de cieno y de miseria que se llama la carne, que se llama el cuerpo; tenéis miedo a la muerte, porque no comprendéis vuestra alma misma que no muere, que es inmortal, vuestra alma cristiana que regenerada puede volver al cielo; por eso teméis, por eso el pavor os sobrecoge… Dejad esas siniestras preocupaciones y vuestro espíritu se agitará gozoso pronto a romper la cadena que lo liga a este mundo, los ángeles os tenderán sus brazos, las puertas de la eterna Jerusalén se abrirán para recibiros; purificad en el sacramento vuestro espíritu, aceptad con alegría la palma del martirio, y como la mariposa que rompe su capullo para tender sus alas al sol, vuestra alma saldrá de vuestro cuerpo. Feliz vos, joven, que vais a morir, la muerte tiene la dulzura del sueño y del eterno descanso: abiertas os serán las puertas del cielo, llegad; Dios os llama y os habla por mi boca, la eterna felicidad os espera, sabed conquistarla.

Don José escuchaba enternecido las palabras de aquel anciano; su corazón sentía el valor, y su cerebro se iluminaba con una luz nueva, hermosa y desconocida; aquellas sencillas palabras, pero que habían sido pronunciadas con tanta fe, habían hecho nacer la fe en aquella alma que pocos momentos antes se estremecía en la duda.


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